El Mediterráneo no debe ser una tumba

El papa Francisco llegó esta mañana a la isla de Lesbos, donde fue recibido en el aeropuerto de Mitilene por el presidente del Consejo de Ministros griego Alexis Tsipras. Dieron la bienvenida al Santo Padre el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé y el Arzobispo de Atenas y de toda Grecia Jerónimo II.

Durante el vuelo, Francisco, junto con todos los que le acompañan en su visita a Lesbos, tanto el séquito como los periodistas, envió al Papa emérito Benedicto XVI su felicitación más afectuosa y cordial con motivo de su 89 cumpleaños, pidiendo al Señor que siga bendiciendo su precioso servicio de cercanía y oración por toda la Iglesia.

Además, departiendo con los periodistas, el Santo Padre dijo que el viaje a Lesbos era diferente de los que había hecho hasta ahora. “En los viajes apostólicos -señaló -hacemos tantas cosas: vemos a la gente, hablamos…nos sentimos alegres por los encuentros. Este es un viaje marcado por la tristeza; esto es importante. Es un viaje triste. Vamos al encuentro de la catástrofe humanitaria más grande tras la Segunda Guerra Mundial. Vamos al encuentro -y lo veremos- de tanta gente que sufre, que no sabe donde ir, que ha tenido que escaparse. E iremos también a un cementerio: el mar. Tanta gente se ha ahogado allí. Lo digo no para amargaros y no por amargura, sino para que vuestro trabajo de hoy pueda transmitir a los medios de comunicación el estado de ánimo con que hago este viaje. Gracias por acompañarme”.

En el aeropuerto y en su breve encuentro en privado con el primer ministro Tsipras, el tema principal fue la crisis de los refugiados y migrantes, y más en detalle la situación en la isla de Lesbos. Se reiteró que dicha crisis es un problema europeo e internacional que exige una respuesta comprensiva que respete las leyes europeas e internacionales. El Papa ha manifestado su aprecio por la actitud tan humana del pueblo griego que, a pesar de su dura situación económica, ha demostrado solidaridad y compromiso con los valores universales. También se puso de relieve la necesidad de proteger a las personas que ponen en peligro sus vidas atravesando el mar Egeo y el Mediterráneo combatiendo las redes de tráfico de seres humanos, excluyendo las rutas peligrosas y poniendo a punto procedimientos seguros de reasentamiento.

Después de unos minutos de coloquio en privado, el Papa Francisco, el arzobispo Jerónimo II y el patriarca Bartolomé se trasladaron en minibus al campo de refugiados Moria, que alberga alrededor de 2.500 personas que solicitan asilo. Esperaban a los tres líderes religiosos 150 menores de edad residentes en el campo, a los que saludaron con gran afecto para entrar, acto seguido, en el patio donde tiene lugar el registro de los refugiados. Allí, en una gran tienda de campaña, el Papa, el Patriarca y el Arzobispo saludaron personalmente a 250 hombres y mujeres acogidos en Moira, que les contaron los detalles de sus viajes, sus problemas y sus esperanzas.

Finalizado el emocionante encuentro, subió al podio en primer lugar el arzobispo Jerónimo que en su discurso manifestó el deseo de que desde la isla de Lesbos comenzase “un movimiento mundial de sensibilización para cambiar la situación actual por parte de aquellos que tienen en sus manos el destino de las naciones y para devolver la paz y la seguridad a cada casa, a cada familia y a cada ciudadano…No necesitamos muchas palabras. Solamente los que han cruzado su mirada con la de los pequeños que hemos encontrado en los campos de refugiados reconocerán inmediata y totalmente la bancarrota de la humanidad y de la solidaridad que Europa ha demostrado en estos últimos años a estas personas y no solamente a ellos.

“!La Iglesia de Grecia -añadió- y yo personalmente lloramos las demasiadas vidas perdidas en el Egeo. Ya hemos hecho tanto, y seguiremos haciéndolo, para enfrentar esta crisis de refugiados, tanto cuanto nos permita nuestra capacidad. Quisiera concluir esta declaración presentando una sola petición, un solo llamamiento, una sola provocación: que las agencias de las Naciones Unidas, con su gran experiencia, hagan frente finalmente a esta trágica situación que estamos viviendo. Espero no ver nunca más niños tirados en las orillas del Egeo. Espero volver a verlos pronto en estos mismos lugares, gozando serenos de su infancia.”

A continuación tomó la palabra el Patriarca Bartolomé :”El Mediterráneo no debe ser una tumba -exclamó- se trata de un lugar de vida, de una encrucijada de caminos de culturas y de civilizaciones, de un lugar de intercambio y de diálogo. Para volver a descubrir su vocación originaria, el “Mare Nostrum”, y con más precisión, el mar Egeo, donde nos reunimos hoy, debe convertirse en un mar de paz. Recemos para que los conflictos en Oriente Medio, que están en la raíz de la crisis de los emigrantes, cesen rápidamente y que se restablezca la paz. Recemos por todos los pueblos de esta región. En particular hago hincapié en la dramática situación que viven los cristianos en Oriente Medio, así como otras minorías étnicas y religiosas de la región, que necesitan acciones urgentes si no queremos que desaparezcan”.

Por último, el papa Francisco se dirigió a los presentes con estas palabras:”Vine aquí para estar con ustedes y quisiera deciros que no están solos. En estas semanas y meses, han sufrido mucho en su búsqueda de una vida mejor. Muchos de ustedes se vieron obligados a huir de situaciones de conflicto y persecución, sobre todo por el bien de sus hijos, por sus pequeños. Han hecho grandes sacrificios por sus familias. Conocen el sufrimiento de dejar todo lo que aman y, quizás lo más difícil, no saber qué les deparará el futuro. Son muchos los que como ustedes aguardan en campos o ciudades, con la esperanza de construir una nueva vida en este Continente”.

“He venido aquí con mis hermanos, el Patriarca Bartolomé y el Arzobispo Jerónimo, sencillamente para estar con ustedes y escuchar sus historias -añadió emocionado- Hemos venido para atraer la atención del mundo ante esta grave crisis humanitaria y para implorar la solución de la misma. Como hombres de fe, deseamos unir nuestras voces para hablar abiertamente en su nombre. Esperamos que el mundo preste atención a estas situaciones de necesidad trágica y verdaderamente desesperadas, y responda de un modo digno de nuestra humanidad común.

“Dios creó la humanidad para ser una familia; cuando uno de nuestros hermanos y hermanas sufre, todos estamos afectados. Todos sabemos por experiencia con qué facilidad algunos ignoran los sufrimientos de los demás o, incluso, llegan a aprovecharse de su vulnerabilidad. Pero también somos conscientes -subrayó- de que estas crisis pueden despertar lo mejor de nosotros. Lo han comprobado con ustedes mismos y con el pueblo griego, que respondió generosamente a sus necesidades a pesar de sus propias dificultades. También lo han visto en muchas personas, especialmente en los jóvenes provenientes de toda Europa y del mundo que han venido para ayudarlos. Sí, todavía queda mucho por hacer. Pero demos gracias a Dios porque nunca nos deja solos en nuestro sufrimiento. Siempre hay alguien que puede extender la mano para ayudarnos”.

“Este es el mensaje que os quiero dejar hoy: ¡No perdáis la esperanza! -exclamó el Pontífice- El mayor don que nos podemos ofrecer es el amor: una mirada misericordiosa, la solicitud para escucharnos y entendernos, una palabra de aliento, una oración. Ojalá que puedan intercambiar mutuamente este don. A nosotros, los cristianos, nos gusta contar el episodio del Buen Samaritano, un forastero que vio un hombre en necesidad e inmediatamente se detuvo para ayudarlo. Para nosotros, es una parábola sobre la misericordia de Dios, que se ofrece a todos, porque Dios es «todo misericordia». Es también una llamada para mostrar esa misma misericordia a los necesitados. Ojalá que todos nuestros hermanos y hermanas en este Continente, como el Buen Samaritano, vengan a ayudarlos con aquel espíritu de fraternidad, solidaridad y respeto por la dignidad humana, que los ha distinguido a lo largo de la historia”.

“Queridos hermanos y hermanas -concluyó Francisco- que Dios los bendiga a todos y, de modo especial, a sus hijos, a los ancianos y aquellos que sufren en el cuerpo y en el espíritu. Los abrazo a todos con afecto. Sobre ustedes y quienes os acompañan, invoco los dones divinos de fortaleza y paz”

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