Una Pascua con dos Papas

Ninguna construcción jurídica puede enervar la enorme fuerza de la realidad. Es la primera vez en la historia de la Iglesia que conviven dos Papas aliados.  Al Papa Ratzinger podrá llamárselo como se quiera: emérito, Obispo de Roma emérito,  todo lo que parezca prudente y todo lo emérito que se quiera. Pero nadie puede cambiar ni en un ápice esta divina realidad: el Papa Ratzinger renunciante, vive, no ha muerto, y el Papa Francisco ha ido a visitarlo, ha hablado con él, ha comido con él. Han mantenido una conversación no conocemos ahora, pero quizás conozcamos algún día, aún en esta vida. Que Ratzinger y Bergoglio conviven es una realidad. Con decir realidad decimos mucho. Las interpretaciones de esa realidad son cosas distintas de la realidad misma de aquella convivencia Ratzinger-Bergoglio. La interpretación o teoría de esa realidad es algo que podemos hacer nosotros, pero aquella realidad  no la hacemos nosotros sino que nos encontramos con ella y se nos impone. La realidad está recubierta por una pátina de interpretaciones. La interpretación de la realidad también es una realidad pero distinta de la realidad misma. Podríamos decir; hay dos realidades: una es la realidad y otra la interpretación de la realidad. La convivencia a que nos referimos es una realidad de la que puede haber una o más interpretaciones. Dejo estas interpretaciones a los teólogos y aún a los hombres de curia sin excluir a los “vaticanistas”. Podrán decir muchas cosas, pero que aquellas dos personas se reunieron a comer no hay quien pueda negarlo.

Nadie podría negar tampoco que Ratzinger fue Papa y está vivo y que Bergoglio es Papa y comió con aquel. Se podrá teorizar acerca de si Ratzinger sigue siendo, de algún modo, Papa, o dejó en absoluto de serlo. Pero no hacemos aquí esas interpretaciones. Más bien intentamos una descripción fenomenológica de esos hechos. Hace siglos que un Papa no es elegido Papa en vida de otro Papa predecesor suyo. No decimos si aquél era Papa cuando el nuevo fue electo. Sino que cuando éste fue electo aquél vivía y vive, como persona que fue Papa y renunció a seguir siéndolo. Alguien podría decir: pero ser Papa imprime un carácter indeleble. Ésta es ya una teoría que no tocamos. 

Podríamos decir, si no pecamos de insolencia, que aquellas dos personas se reúnen para hablar en un almuerzo sin detenernos a ver si los dos son Papas o si sólo uno es Papa. Uno ha renunciado al misterio petrino con efecto a tal fecha. Él dispuso el ámbito temporal de su ministerio. Dispuso el momento en que la Sede Apostólica se halló vacante. Pero el que haya sido Papa durante un tiempo es una cualidad exclusiva, excluyente e inalienable, de la que no se puede despojar.

En la historia de la Iglesia no hemos visto nunca la realidad de un diálogo entre dos Papas.   Uno que fue y vive. Y otro que es. La convivencia de dos Papas en el modo en la hemos descripto nos parece un nuevo misterio en la historia de la Iglesia.

A juzgar por los hechos expuestos la Iglesia tiene dos Papas: uno que fue y vive y otro que es. Significa que Dios lo ha querido así, según nuestra descripción: el almuerzo Ratzinger-Bergoglio. 

Para hacer más significativa la descripción a la que nos referimos debería ser la comunicación Ratzinger-Bergoglio. Es de advertir que esa unión la hemos visto apenas el Papa Francisco se dirigió al Pueblo de Dios, ocasión en la que ante todo rezó por el “Obispo emérito” Benedicto XVI. No es posible hablar de o con Ratzinger  sin tener presente que fue Papa. Y hoy sigue siéndolo en el modo de haberlo sido. Hay algo misterioso, es verdad, en esto, pues ¿cómo puede alguien seguir siendo lo que ha sido y ya no es?.

La historia de la Iglesia se enriquece hoy con esta coexistencia, en modo que el “hombre viejo” sea presente en el que consideramos “hombre actual”. Hay así una presencia del pasado y del futuro en la actualidad. He aquí la convivencia o comunicación histórica. Nada impide pensar que sería un enriquecimiento si se introdujera el hábito de renunciar al ministerio petrino cuando quien lo ejerce lo juzga así como exigencia de Dios para su Iglesia. Dios puede hacer ver a un Papa su Voluntad de que venga otro a continuar y cómo no pensar que el nuevo se apoyará en el viejo. A la historia de Papas enfrentados se agrega hoy la de Papas unidos.

Estamos ante un nuevo misterio en la historia del papado. La abdicación puede justificarse por tan complejas circunstancias que no debería echarse al campo de lo excepcional. Dios puede querer la convivencia y la comunicación de alguien que dejó de ser Papa y ya no lo es con la de alguien que ahora lo es y puede hablar con el que fue.

Si pensamos en la personalidad de Ratzinger podríamos adivinar fácilmente que al profesor de Teología también podría haberle gustado una Iglesia más pobre y sencilla, pero no encontró cómo hacerlo realidad. Podemos pensar que Ratzinger aprobaría todo lo que dice Bergoglio pero se sabía sin las fuerzas para hacerlo. En la abdicación y renuncia hay también una dosis de continuación y consumación.

Estamos ante una nueva perspectiva de la enseñanza divina: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. (Mateo 10, 38).

No esta excluído que podamos ver la renuncia de Ratzinger como una participación en la Pasión del Señor y la elección de Bergoglio como un atisbo de la Resurrección.

 

Antonio Boggiano

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