Justificados gratuitamente por medio de la fe, en la Sangre de Cristo

“Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su Gracia, en virtud de la Redención cumplida en Cristo Jesús. El fue puesto por Dios como instrumento de propiciación por su propia Sangre […] para mostrar su justicia en el tiempo presente, siendo justo y justificador a los que creen en Jesús” (Rom. 3, 23-26).

Hemos llegado a la cumbre del Año de la Fe y a su momento decisivo. ¡Esta es la fe que salva, “la fe que vence al mundo” (1 Jn. 5,5)! La fe –apropiación por la cual hacemos nuestra la salvación obrada por medio de Cristo, y nos revestimos con el manto de su justicia. Por un lado está la mano extendida de Dios que ofrece su gracia al hombre; por otro lado, la mano del hombre que se estira para acogerla mediante la fe. La “nueva y eterna alianza” está sellada con un apretón de manos entre Dios y el hombre.

Tenemos la capacidad de asumir, en este día, la decisión más importante de la vida, aquella que abre las puertas de la eternidad: ¡Creer! ¡Creer que “Jesús murió por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4, 25)! En una homilía pascual del siglo IV, un obispo pronunció estas palabras excepcionalmente modernas y existenciales: “Para todos los hombres, el principio de la vida es aquello, a partir de lo cual Cristo se sacrificó por él. Pero Cristo se sacrifica por él cuando él reconoce la Gracia y se vuelve consciente de la vida adquirida por aquella inmolación” (Homilía pascual del año 387, en SCh 36, p. 59 s.).

¡Qué extraordinario! Este Viernes Santo, celebrado en el Año de la Fe y en presencia del nuevo sucesor de Pedro, podría ser, si se quiere, el principio de una nueva existencia. El obispo Hilario de Poitiers, que se convirtió al cristianismo en edad adulta, mirando hacia atrás en su vida pasada, dijo: “Antes de conocerte, yo no existía”.

Lo que se requiere es que no nos escondamos como Adán después de la culpa, que reconozcamos que tenemos necesidad de ser justificados; que no nos auto-justifiquemos. El publicano de la parábola subió al templo e hizo una breve oración: “Oh Dios, ten piedad de mí, pecador”. Y Jesús dice que aquel hombre fue a su casa “justificado”, es decir, hecho justo, perdonado, hecho criatura nueva, creo que cantando alegremente en su corazón (Lc. 18,14). ¿Qué había hecho de extraordinario? Nada, se había puesto del lado de la verdad delante de Dios, y es lo único que Dios necesita para actuar.

Al igual que quien escala una pared de montaña, después de superar un paso peligroso se detiene un momento para recuperar el aliento y admirar el nuevo panorama que se abre ante él, así lo hace también el apóstol Pablo al inicio del capítulo 5 de la Carta a los Romanos, después de haber proclamado la justificación por la fe:

“Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos alcanzado, mediante la fe, la Gracia en la que estamos afianzados, y por Él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom. 5, 1-15).

Hoy en día se vienen haciendo, desde los satélites artificiales, fotografías infrarrojas de regiones enteras de la tierra y de todo el planeta. ¡Qué diferente se ve el paisaje visto desde arriba, a la luz de los rayos, en comparación con lo que vemos con la luz natural y permaneciendo dentro! Recuerdo una de las primeras fotos de satélite difundidas en el mundo; reproducía toda la península del Sinaí. Los colores eran muy diferentes, con los relieves y depresiones más evidentes.

Es un símbolo. Incluso la vida humana, vista desde los rayos infrarrojos de la fe, desde las alturas del Calvario, es diferente de lo que se ve “a simple vista. “Todo –dijo el sabio del Antiguo Testamento– le pasa también al justo y al impío … He visto algo más bajo el sol: en lugar del derecho, la maldad; y en lugar de la justicia, la iniquidad” (Ecl. 3, 16, 9, 2). De hecho, en todos los tiempos se ha visto a la maldad triunfante y a la inocencia humillada. Pero para que no se crea que en el mundo hay algo fijo y seguro, he aquí, nota Bossuet, que a veces se ve lo contrario, es decir la inocencia en el trono y la iniquidad en el patíbulo. ¿Pero qué concluía el Qohelet? “Así que pensé: Dios juzgará al justo y al malvado, porque allá hay un tiempo para cada cosa” (Ecl. 3, 17). Encontró el punto de vista que pone el alma en paz.

Aquello que el Qohelet no podía saber y que nosotros más bien sí sabemos es que este juicio ya se ha dado: “Ahora –dice Jesús caminando hacia su Pasión–, ha llegado el juicio de este mundo, ahora será echado fuera el príncipe de este mundo, y cuando Yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí.(Jn. 12, 31-32).

En Cristo muerto y resucitado, el mundo ha llegado a su destino final. El progreso de la humanidad avanza hoy a un ritmo vertiginoso, y la humanidad ve desarrollarse ante sí nuevos e inesperados horizontes fruto de sus descubrimientos. Aún así, puede decirse que ya ha llegado el final de los tiempos, porque en Cristo, subido a la diestra del Padre, la humanidad ha llegado a su meta final. Ya han comenzado los cielos nuevos y la tierra nueva. A pesar de todas las miserias, las injusticias y la monstruosidad existentes sobre la tierra, en Él se ha abierto ya el orden definitivo del mundo. Lo que vemos con nuestros ojos puede sugerirnos otra cosa, pero el mal y la muerte son realmente derrotados para siempre. Sus fuentes se han secado; la realidad es que Jesús es el Señor del mundo. El mal ha sido realmente vencido por la Redención que Él trae. El mundo nuevo ya ha comenzado.

Una cosa sobretodo aparece diferente, vista a través de los ojos de la fe: ¡la muerte! Cristo ha entrado en la muerte como se entra en una oscura prisión; pero salió por la pared opuesta. No ha regresado de donde había venido, como Lázaro que vuelve a la vida para morir de nuevo. Abrió una brecha hacia la vida que nadie podrá cerrar jamás, y a través de la cual todos pueden seguirlo. La muerte ya no es un muro contra el que se estrella toda esperanza humana; se ha convertido en un puente hacia la eternidad. Un “puente de los suspiros”, tal vez porque a nadie le gusta morir, pero un puente, ya no más un abismo que todo lo traga. “El amor es fuerte como la muerte”, dice el Cantar de los Cantares (8,6). ¡En Cristo ha sido más fuerte que la muerte! (…)

La Cruz separa a los creyentes de los no creyentes, porque para unos es un escándalo y una locura, y para otros es el Poder de Dios y la Sabiduría de Dios (cf. 1 Co. 1, 23-24); pero en un sentido más profundo, esta une a todos las hombres, creyentes y no creyentes. “Jesús tenía que morir […] no solo por la nación, sino para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 51 s.). Los nuevos cielos y la tierra nueva pertenecen de derecho a todos y son para todos: porque Cristo murió por todos.

La urgencia que deriva de todo esto es evangelizar: “El amor de Cristo nos apremia, al pensar que uno murió por todos” (2 Cor. 5,14). ¡Nos impulsa a la evangelización! Anunciamos al mundo la buena nueva de que “ya no hay condenación para aquellos que viven unidos a Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu, que da la Vida, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8, 1-2). (…)

Desde su lecho de muerte, Cristo confió a su Iglesia un mensaje: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura” (Mc. 16, 15). Todavía hay muchos hombres que están de pie junto a la ventana y sueñan, sin saberlo, con un mensaje como el suyo. Juan, acabamos de oírlo, dice que el soldado traspasó el costado de Cristo en la Cruz “para que se cumpliese la Escritura que dice: «Mirarán al que traspasaron»” (Jn. 19, 37). En el Apocalipsis añade: “He aquí que viene entre las nubes, y todo ojo le verá, aún aquellos que le traspasaron; y por Él todos los linajes de la tierra harán lamentación” (Ap. 1,7).

Esta profecía no anuncia la venida final de Cristo, cuando ya no será el momento de la conversión, sino del juicio. En su lugar describe la realidad de la evangelización de los pueblos. En ella se verifica una misteriosa, pero real venida del Señor que les trae la salvación. Lo suyo no será un grito de desesperación, sino de arrepentimiento y de consuelo. Es este el significado de la escritura profética que Juan ve realizada en el costado traspasado de Cristo, es decir de Zacarías 12, 10: “Y derramaré sobre la casa de David y sobre los moradores de Jerusalén, un espíritu de gracia y de súplica; y mirarán hacia Mí, al que ellos traspasaron”.

La evangelización tiene un origen místico; es un don que viene de la Cruz de Cristo, de aquel lado abierto, de aquella Sangre y de aquel agua. El Amor de Cristo, como aquel trinitario, que es la manifestación histórica, es “diffusivum sui”, tiende a expandirse y alcanzar a todas las criaturas “especialmente a las más necesitadas de su Misericordia”. La evangelización cristiana no es conquista, no es propaganda; es el don de Dios para el mundo en su Hijo Jesús. Es dar al Jefe la alegría de sentir la vida fluir desde su corazón hacia su cuerpo, hasta vivificar a sus miembros más alejados.

Tenemos que hacer todo lo posible para que la Iglesia nunca se parezca a aquel castillo complicado y sombrío descrito por Kafka, y el mensaje pueda salir de él tan libre y feliz como cuando comenzó su carrera. Sabemos cuáles son los impedimentos que puedan retener al mensajero: los muros divisorios, como aquellas que separan a las distintas iglesias cristianas entre sí, la excesiva burocracia, los residuos de los ceremoniales, leyes y controversias del pasado, aunque se han convertido ya en escombros.

En Apocalipsis, Jesús dice que Él está a la puerta y llama (Ap 3,20). A veces, como señaló nuestro Papa Francisco, no llama para entrar, toca desde dentro para salir. Salir a las “periferias existenciales del pecado, del sufrimiento, de la injusticia, de la ignorancia y indiferencia religiosa, y de todas las formas de miseria”.

Ocurre como con algunos edificios antiguos. A través de los siglos, para adaptarse a las necesidades del momento, se les llenas de divisiones, escaleras, de habitaciones y cubículos pequeños. Llega un momento en que te das cuenta de que todas estas adaptaciones ya no responden a las necesidades actuales, sino que son un obstáculo, y entonces debemos tener el coraje de derribarlos y volver el edificio a la simplicidad y la sencillez de sus orígenes. Fue la misión que recibió un día un hombre que estaba orando ante el crucifijo de San Damián: “Ve, Francisco, y repara mi Iglesia”.

“¿Quién está a la altura de este encargo?”, se preguntaba aterrorizado el Apóstol frente a la tarea sobrehumana de ser en el mundo “el perfume de Cristo”, y he aquí su respuesta que vale también hoy: “No porque podamos atribuirnos algo que venga de nosotros mismos, ya que toda nuestra capacidad viene de Dios, quien nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Cor. 2, 16; 3, 5-6).

Que el Espíritu Santo, en este momento en que se abre para la Iglesia un tiempo nuevo, lleno de promesa y de esperanza, reavive en los hombres que están en la ventana la espera del mensaje, y en los mensajeros, la voluntad de hacérselo llegar, incluso a costa de la vida.

 

CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

PRESIDIDA POR EL PAPA FRANCISCO

Predicación del Padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap,

Predicador de la Casa Pontificia

Basílica Vaticana . Viernes 29 de marzo de 2013

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