San Francisco: el santo de la contemplación de Dios en el orden del universo

Redacción (Viernes, 15-03-2013, Gaudium Press) La figura de San Francisco de Asís es una de las más influyentes de toda la tradición cristiana. La radicalidad del seguimiento de Cristo y la práctica de las virtudes del evangelio hicieron del “Poverello” (pobrecillo) de Asís un modelo de santidad que ha cautivado a muchas generaciones. La espiritualidad de este santo y su relación con la naturaleza ha sido retratada abundantemente, pero en algunas ocasiones se su valoración se ha quedado en un aspecto superficial.

 

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La vida de San Francisco de Asís ofrece capítulos muy poco conocidos por los fieles. Si bien se recuerda con abundancia las escenas más llamativas de las “Florecillas”, devotos relatos de la tradición franciscana más temprana, poco se recuerdan sus grandes sufrimientos. San Francisco termina sus días de profunda entrega a Dios padeciendo los sufrimientos de la Pasión de Cristo en los estigmas, casi ciego, enfermo del hígado y aquejado de varias dolencias a causa de sus muchos sacrificios. En medio de las pruebas externas, su alma conservaba la salud y la alegría y él asumió esta cruz como preparación para el encuentro con Dios en la Pascua eterna.

 

La conversión de un joven audaz

San Francisco es el santo que caminó por los campos de Italia y predicó primordialmente con el ejemplo. Es el santo cargado de poesía que nunca se apartó del ideal caballeresco, para servir a la “dama pobreza”, como desprendimiento de la vida mundana que vivió en su juventud. No fue un gran pecador ni un joven entregado a los vicios, pero sus grandes talentos naturales lo hacían extraordinariamente llamativo y, como refiere Celano, su primer biógrafo, “se esforzaba en ser el primero en pompas de vanagloria, en los juegos, en los caprichos, en palabras jocosas y vanas”. Derrochador y generoso, era líder entre los jóvenes, pero no había encontrado su camino.

La grandeza de su ánimo lo llevó a intentar encontrar la gloria humana en la guerra y, sin haber sido entrenado en la exigente vida militar, cae prisionero en los combates entre Perusa y Asís. Al año siguiente es liberado y padece posteriormente una larga enfermedad. Alentado por un sueño que le vaticina un gran número de armas para él y sus soldados, parte nuevamente al ejército pero rápidamente se da cuenta que éste no es el camino para el cual ha sido llamado.

El año siguiente, después de una gran reflexión, decide consagrar su vida al servicio de Dios, y enfrenta a su padre, un próspero mercader de telas, quien intentaba impedirlo. En medio del escándalo de quienes creían que había enloquecido, se despojó de sus vestiduras ante el Obispo de Asís, quien lo cubrió con su manto. Francisco fue acogido por la Santa Madre Iglesia a quien serviría en adelante.

Contemplar a Dios en la creación

Toda la vida de San Francisco parece cubierta por un manto de poesía. La extraordinaria belleza de los relatos de las Florecillas, la entrañable descripción del amor que entregó no sólo a las personas sino a los animales y a toda criatura de Dios es una expresión de la aguda visión del santo, que le permitía reconocer la huella de Dios en todo cuanto le rodeaba.

San Francisco nunca mostró desprecio por la ciencia o la formación académica, antes bien respetaba con acentos particulares incluso el concepto de las letras, con las cuales se podía escribir el Evangelio. Él mismo trabajó para reconstruir el templo de San Damián, consciente de la dignidad que deben tener los lugares de culto, y restauró los templos de San Pedro y de Santa María de la Porciúncula. Siempre obedeció a la Iglesia y, al comenzar a ser seguido por otros en su forma de vida, viajó a Roma a pedir la aprobación del Sumo Pontífice.

 

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San Francisco recibe los estigmas. 

Los sencillos y fundamentales consejos de San Francisco los resumió San Buenaventura en “alabar a Dios en y por todas las criaturas, a honrar con especial reverencia a los sacerdotes, a creer firmemente y confesar con sencillez las verdades de la fe tal y como sostiene y enseña la santa Iglesia romana”. Su celo apostólico e ideal caballeresco lo llevó a Siria, donde buscó la conversión de los musulmanes o la gracia del martirio. Tuvo que regresar a su tierra sin conseguir ninguna de las dos, después de haber impresionado al mismo Sultán, quien no quiso aceptar la fe cristiana a pesar de admirar profundamente su ejemplo y no poder contradecir en nada al santo.

 

Su Cántico de las Criaturas, que alaba a Dios en todo lo creado, expresa con sencillez su espíritu siempre dispuesto a elevarse hacia el cielo ante la contemplación de la belleza. Su espíritu sensible buscó servirse de la realidad terrena para ascender en un canto de gratitud hacia el Padre que regala tantas maravillas a sus hijos. Su interés de aprovechar los signos visibles para comunicar a Dios lo motivó a crear la primera representación del nacimiento de Cristo, que dio origen a la tradición de los belenes o pesebres. Al final de su vida, se convertiría, por una gracia extraordinaria de Dios, él mismo en una imagen de Cristo crucificado.

El final de su vida

Empujado por el Espíritu Santo, San Francisco se dirigió hacia el final de su vida al monte Alverna, donde ofreció un ayuno de cuarenta días en honor al Arcángel San Miguel. En la oración, Dios le reveló que deseaba que lo imitara en el misterio de la Pasión de Jesucristo y, en el día de la Exaltación de la Santa Cruz, tuvo la visión de un serafín que padecía las llagas de la crucifixión. El santo sintió en adelante su espíritu consumido en un “ardor maravilloso”, en palabras de San Buenaventura, y en sus manos, pies y costado, aparecieron las marcas de los clavos y las heridas de Nuestro Señor.

“Clavado ya en cuerpo y alma a la cruz juntamente con Cristo, no pudiendo caminar a pie a causa de los clavos que sobresalían en la planta de sus pies, Francisco se hacía llevar su cuerpo medio muerto a través de las ciudades y aldeas para animar a todos a llevar la cruz de Cristo”, narró San Buenaventura en su biografía de San Francisco. “Y, dirigiéndose a sus hermanos, les decía: «Comencemos, hermanos, a servir al Señor nuestro Dios, porque bien poco es lo que hasta ahora hemos progresado»”.

Esta era la herencia de San Francisco de Asís, quien vivió dos años aún cargando numerosas dolencias, hasta que pidió ser llevado a Santa María de la Porciúncula. Allí se desnudó una vez más y aceptó en préstamo una túnica ofrecida por uno de los religiosos que le dijo: «Te las presto como a pobre que eres y te mando por santa obediencia que las recibas». Después de predicar una vez más a los frailes y entonar el salmo 141, San Francisco de Asís murió santamente, el día 03 de octubre de 1226. En medio de la extraordinaria fama de santidad y numerosos relatos de milagros acaecidos por su intercesión, fue canonizado por el Papa Gregorio IX el día 16 de julio de 1228.

 

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/44930#ixzz2NgcwsnOn
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