Evangelio sábado 16 Marzo 2013

Sábado de la cuarta semana de Cuaresma

Libro de Jeremías 11,18-20.

El Señor de los ejércitos me lo ha hecho saber y yo lo sé. Entonces tú me has hecho ver sus acciones. 
Y yo era como un manso cordero, llevado al matadero, sin saber que ellos urdían contra mí sus maquinaciones: “¡Destruyamos el árbol mientras tiene savia, arranquémoslo de la tierra de los vivientes, y que nadie se acuerde más de su nombre!”. 
Señor de los ejércitos, que juzgas con justicia, que sondeas las entrañas y los corazones, ¡que yo vea tu venganza contra ellos, porque a ti he confiado mi causa! 

Salmo 7,2-3.9-10.11-12.

Señor, Dios mío, en ti me refugio: 
sálvame de todos los que me persiguen; 
líbrame, para que nadie pueda atraparme 
como un león, que destroza sin remedio. 

El Señor es el Juez de las naciones: 
júzgame, Señor, conforme a mi justicia 
y de acuerdo con mi integridad. 
¡Que se acabe la maldad de los impíos! 
Tú que sondeas las mentes y los corazones, 
tú que eres un Dios justo, apoya al inocente. 

Mi escudo es el Dios Altísimo, 
que salva a los rectos de corazón. 
Dios es un Juez justo 
y puede irritarse en cualquier momento. 

Evangelio según San Juan 7,40-53.

Algunos de la multitud que lo habían oído, opinaban: “Este es verdaderamente el Profeta”. 
Otros decían: “Este es el Mesías”. Pero otros preguntaban: “¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea? 
¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de donde era David?”. 
Y por causa de él, se produjo una división entre la gente. 
Algunos querían detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él. 
Los guardias fueron a ver a los sumos sacerdotes y a los fariseos, y estos les preguntaron: “¿Por qué no lo trajeron?”. 
Ellos respondieron: “Nadie habló jamás como este hombre”. 
Los fariseos respondieron: “¿También ustedes se dejaron engañar? 
¿Acaso alguno de los jefes o de los fariseos ha creído en él? 
En cambio, esa gente que no conoce la Ley está maldita”. 
Nicodemo, uno de ellos, que había ido antes a ver a Jesús, les dijo: 
“¿Acaso nuestra Ley permite juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que hizo?”. 
Le respondieron: “¿Tú también eres galileo? Examina las Escrituras y verás que de Galilea no surge ningún profeta”. 
Y cada uno regresó a su casa. 

Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios. 

Leer el comentario del Evangelio por : 

Concilio Vaticano II 
Constitución dogmática sobre la Iglesia, “Lumen Gentium”, § 9 

“Cristo, por su cruz, reúne a los hombres divididos y dispersos”

    Cristo selló con su sangre un pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento (1C 11,25), lo estableció convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se unificara no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios…: un linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición…, que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios” (1P 2, 9-10). 

    Este pueblo mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de la redención universal y lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16)… Dios formó una comunidad de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera.

    Esta Iglesia, debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna del Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso.

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