La Iglesia debe anunciar y testimoniar la totalidad del Evangelio

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, recordó que “Cristo está para reconducir al mundo a la santidad”, al reflexionar sobre el gesto evangélico de Jesús al dejarse abordar por las personas tildadas de “pecadoras”.

“Para Dios, los hombres conservan su dignidad original a pesar de la acción destructiva del pecado. Lo que hay en las personas merece un plan de recuperación, que incluye la encarnación, la muerte y resurrección de Jesucristo”, subrayó en su sugerencia para la homilía del próximo domingo.

El prelado sostuvo que “el corazón de Cristo encarna la misericordia paterna de Dios hacia los pecadores. Dios es como Cristo lo muestra, no como intentan presentarlo los escribas y fariseos y su reedición contemporánea, tanto fuera como dentro de la Iglesia”.

“La Iglesia, toda ella – que debe transparentar a Cristo a nuestros contemporáneos – debe anunciar y testimoniar la totalidad del Evangelio. Si no lo hiciera caería en la hipocresía de los modernos fariseos que intentan endilgarle la calificación de ‘hipócrita’ porque extrae, de la Revelación evangélica, la inspiración para su indeformable enseñanza. El Evangelio no es letra fría sino Espíritu ardiente; así lo ha entendido el lúcido San Pablo: ‘Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación de todos los que creen’”, explicó.

Texto completo de la sugerencia
Cristo está para reconducir al mundo a la santidad. Es conmovedor y alentador el gesto de Jesús dejándose abordar por las personas tildadas de “pecadoras” por los dirigentes religiosos de su pueblo. Para Dios, los hombres conservan su dignidad original a pesar de la acción destructiva del pecado. Lo que hay de Dios en las personas merece un plan de recuperación, que incluye la Encarnación, la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Sólo el amor perfecto de Dios puede explicar la ofrenda de la vida del Hijo Eterno encarnado. El hombre es tan amado por Dios que merece un especial y misterioso plan de salvataje, ¡Qué bien lo expresa el Maestro frente a sus despiadados contradictores!: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos” (Lucas 15, 1-2). En otro texto evangélico será más explícito y terminante: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pescadores” (Marcos 2, 17).

Cristo equilibra la fuerza de la ley con el valor de la misericordia. Los menos comprensivos con los llamados “pecadores” son los cultores formales de las distintas expresiones religiosas. Desde sus propios parámetros califican a quienes no los comparten o compartiéndolos los transgreden. Es clásica la escena evangélica referida a la mujer sorprendida en adulterio. Jesús dirime una cuestión legal con una contrapropuesta que deja al descubierto que la no misericordia es más falaz e inmoral, a los ojos de Dios, que el adulterio de aquella frágil mujer. La respuesta del Señor, a quienes querían ejecutarla, es de una imparcialidad ejemplar: “El que se considere sin pecado, tire la primera piedra”. El resultado de aquella propuesta manifiesta que, en aquellos implacables jueces, existía algún resabio de honestidad. Todos, comenzando por los más ancianos, abandonaron sus piedras y se alejaron silenciosamente de Jesús y de la humillada mujer. La meditación de este texto me mueve a pensar que el moderno fariseísmo es mucho más deshonesto que el de entonces. Hoy no hubiera ocurrido lo mismo; el peor de todos hubiera arrojado la primera piedra sin manifestar la menor inquietud ante la mirada escudriñadora de Jesús. El último tramo en la escala descendente del pecado es la pérdida de la vergüenza. En la sociedad contemporánea, y en muchas de sus manifestaciones culturales y sociales, aparece nítidamente esa lastimosa pérdida.

No esconde el delito debajo de la alfombra. En la escena mencionada Jesús produce un asombroso equilibrio entre el reconocimiento del pecado y la misericordia. No justifica demagógicamente el adulterio de aquella mujer, tampoco la condena y la despide en paz, con la advertencia de no volver a pecar: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado? Ella les respondió: “Nadie, Señor”. “Yo tampoco te condeno” le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante” (Juan 8, 10-11). No le dice que el adulterio no es pecado, al contrario, pero, le acerca con ternura de Dios la conversión y el perdón. El corazón de Cristo encarna la misericordia paterna de Dios hacia los pecadores. Dios es como Cristo lo muestra, no como intentan presentarlo los escribas y fariseos y su reedición contemporánea, tanto fuera como dentro de la Iglesia. La Iglesia, toda ella – que debe transparentar a Cristo a nuestros contemporáneos – debe anunciar y testimoniar la totalidad del Evangelio. Si no lo hiciera caería en la hipocresía de los modernos fariseos que intentan endilgarle la calificación de “hipócrita” porque extrae, de la Revelación evangélica, la inspiración para su indeformable enseñanza. El Evangelio no es letra fría sino Espíritu ardiente; así lo ha entendido el lúcido San Pablo: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación de todos los que creen…” (Romanos 1, 16).

Por la conversión a la santidad. Jesús ama a los pecadores con su corazón humano, aún sin haber probado personalmente el sabor amargo del pecado del mundo. Los ama porque el Padre los ama, y ha recibido la misión divina de redimirlos. No por el camino fácil del éxito académico, político, militar o económico, sino por el que desemboca en el patíbulo horroroso del Gólgota. El Mártir no tiene miedo a la muerte, lo ilusiona el resultado redentor que le hace ganar la partida y eliminar definitivamente su causa: el pecado. Cristo ama la Cruz, no porque le resulte placentera, sino porque es el precio que Dios deposita en la historia de sus irresponsables protagonistas. La presentación de Cristo crucificado no necesita la contienda mediática que utilizan los políticos para derrotar a sus adversarios y llegar al poder. Se sirve de la tímida prédica de los Apóstoles únicamente apoyada en el “poder de Dios” que salva a quienes les prestan su consentimiento por la fe. Es preciso mantener viva la predicación apostólica para que Cristo se haga sentir y, de esa manera, lleve a todos los hombres por el sendero de la conversión a la santidad.+

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