Jesús resucitado se aparece a su madre.
Quisiera compartir con ustedes este hermoso texto
Texto de la obra de maría valtorta: jesús resucitado se aparece a su madre
4. Jesús se aparece a su Madre
(Escrito el 21 de febrero de 1944)
La Virgen está postrada con el rostro en tierra. Parece un ser abatido, como la flor muerta de sed de que ha hablado.
La cerrada ventana se abre bruscamente, y con el primer rayo del sol entra Jesús.
María, que se estremeció al ruido y levanta su cabeza para ver qué clase de viento hubiera abierto las hojas de la ventana, mira a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso de lo que era antes de su pasión, sonriente, vivo, luminoso más que el sol, de un vestido blanco que parece tejido con la luz, y que se acerca a Ella.
María se endereza sobre sus rodillas y juntando sus manos sobre el pecho, en cruz, habla con un sollozo que es risa y llanto: «Señor, Dios mío.» Y se queda extasiada al contemplarlo. Las lágrimas que bañaban su rostro se detienen. Su rostro se hace sereno, tranquilo con la sonrisa y el éxtasis.
Jesús no quiere ver a su Madre de rodillas como a una esclava. Tendiéndole las manos de cuyas llagas salen rayos que hacen más luminoso su cuerpo, le dice: « ¡Madre!»
No es la palabra desconsolada de las conversaciones y de los adioses anteriores a la pasión, ni el lamento desgarrador de su encuentro en el Calvario y en su último suspiro. Es un grito de triunfo, de alegría, de victoria, de fiesta, de amor, de gratitud. Se inclina sobre su Madre que no se atreve a tocarlo, le pasa las manos por los codos doblados, la pone de pie, la estrecha contra su corazón y la besa.
¡Oh!, entonces María comprende que no es una visión, que es realmente su Hijo resucitado, que es su Jesús, su Hijo quien la sigue amando como a tal. Y con un grito se le echa al cuello, lo abraza, lo besa, entre lágrimas y sonrisas. Lo besa en la frente donde no hay más heridas; en la cabeza que no está despeinada, ni ensangrentada; en los brillantes ojos, en las mejillas sanas, en la boca que está hinchada. Luego le toma las manos, besa el dorso y la palma. Se arrodilla, besa sus pies al levantar la resplandeciente vestidura. Luego se pone de pie, lo mira, pero no se atreve a hacer más.
Entonces El sonría y comprende. Entreabre su vestido, muestra el pecho y pregunta: « ¿Madre, no besas ésta, que tanto te hizo sufrir y que eres la única digna de besar? Bésame en el corazón, Madre. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que fue dolor y me dará la alegría que falta aun a mi júbilo de resucitado.» Toma entre sus manos el rostro de la Virgen, le apoya sus los labios en la herida del costado de que manan ríos de vivísima luz.
El rostro de María se nimba con esa luz, pues está envuelto en sus rayos. Besa una y otra vez la herida, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que bebe de un manantial, y que bebe con las linfas la vida, que iba perdiendo.
Jesús habla.
«Ha terminado todo, Madre. Ahora no tienes más por qué llorar a tu Hijo. La prueba ha acabado. La redención se ha realizado. Madre, gracias por haberme concebido, alimentado, ayudado en la vida y en la muerte.
Tus plegarias llegaron hasta Mí. Fueron mi fuerza en el dolor, mis compañeros en mi viaje por la tierra y más allá. Conmigo fueron a la cruz y al limbo. Fueron el incienso que precedían al Pontífice que fue a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mi cielo. Fueron conmigo al paraíso, adelantándose cual voz angelical el cortejo de los redimidos a cuya cabeza iba para que los ángeles estuviesen prontos a saludarme corno al Vencedor, que regresaba a su reino. El Padre y el Espíritu vieron, oyeron tus plegarias, que tuvieron la sonrisa de la flor más bella, que fueron más melodiosas que el más dulce cántico que en el paraíso hubiera brotado. Los patriarcas, los nuevos santos, los primeros ciudadanos de mi Jerusalén las oyeron, y te traigo ahora su agradecimiento. Madre, al mismo tiempo que el beso y bendición de nuestros parientes, te traigo los de tu esposo de alma, José.
Todo el cielo canta sus hosannas a ti, Madre mía, ¡Madre santa! Un hosanna que no muere, que no es falaz como el que hace pocos días me brindaron.
Ahora me voy al Padre con mi vestido humano. El Paraíso debe ver al Vencedor en su vestido de Hombre con el que vencí el pecado del hombre. Pero luego volveré otra vez. Debo confirmar en la fe a quien aun no cree y que tiene necesidad de creer para llevar a otros; debo fortificar a los pusilánimes que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir el ataque del mundo.
Luego subiré al cielo. Pero no te dejaré sola. Madre, ¿ves ese velo? En mi aniquilamiento, quise mostrarte una vez mi poder con un milagro, para que te consolase.
Ahora realizo otro. Me tendrás en el Sacramento, real como cuando me llevabas en tu seno. No estarás jamás sola. En estos días lo has estado.
Este dolor tuyo era necesario a mi redención. Mucho se le irá añadiendo porque seguirá aumentando el pecado. Llamaré a todos mis siervos para que comparticipen de esta redención. Tú eres la que sola harás más que todos los santos juntos. Por esto era necesario también este abandono. Ahora no más.
No estoy más separado del Padre. Tú no lo estarás más de tu Hijo. Y al tener al Hijo, tienes a nuestra Trinidad. Cielo viviente, llevarás sobre la tierra a la Trinidad entre los hombres; santificarás la Iglesia, tú, Reina del sacerdocio y Madre de los que creerán en Mí. Luego vendré a llevarte. No estaré ya más en ti, sino tu en Mí, en mi reino, para que hagas más bello mi Paraíso.
Ahora me voy, Madre. Voy a hacer feliz, a la otra María. Luego subiré a donde mi Padre, y de ahí vendré a ver a quien no cree.
Madre, dame tu beso por bendición. Mi paz te acompañe. Hasta pronto.»
Jesús desaparece en el sol que baja a torrentes del cielo matinal y tranquilo.
El Papa recuerda responsabilidad de los cristianos
El Papa recuerda que la responsabilidad de los cristianos de trabajar por la paz y la justicia y su compromiso irrevocable en impulsar el bien común de la humanidad son inseparables de su misión de proclamar y testimoniar a Cristo
Sábado, 3 may (RV).- Reducir las desigualdades, ampliar oportunidades de educación, fomentar el crecimiento y el desarrollo sostenibles y la protección del ambiente. Para comprender y afrontar los imperativos que afronta la humanidad en el amanecer el siglo XXI hay que impulsar el contacto vivo entre el Evangelio y las circunstancias sociales concretas. Al recibir a los participantes en la XIV plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, Benedicto XVI ha asegurado su aprecio y aliento por el generoso compromiso de esta institución en el «impulso de la investigación, el diálogo y la enseñanza», con el anhelo de que «el Evangelio de Jesucristo pueda seguir iluminando las situaciones complejas que se presentan en un mundo que cambia rápidamente».
Destacando el tema elegido para esta plenaria – «Perseguir el bien común. Cómo pueden obrar juntas la solidaridad y la subsidiariedad», el Papa ha hecho hincapié en que precisamente la solidaridad y la subsidiariedad forman, junto con la dignidad de la persona humana y el bien común, los cuatro principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia Católica:
«Estas realidades, que emergen del contacto vivo entre el Evangelio y las circunstancias sociales concretas, ofrecen un marco para comprender y afrontar los imperativos a los que se enfrenta la humanidad en el amanecer el siglo XXI. Como son los de reducir las desigualdades en la distribución de los bienes, ampliar las oportunidades para la educación, fomentar el crecimiento y el desarrollo sostenibles y la protección del ambiente».
Tras reiterar que «la dignidad humana es un valor intrínseco de toda persona creada a imagen y semejanza de Dios y redimida por Cristo» y que «la totalidad de las condiciones sociales que se proponen que las personas alcancen su cumplimiento común e individual es lo que se conoce como bien común», el Papa ha recordado que «la solidaridad se refiere a la virtud que permite que la familia humana comparta plenamente el tesoro de los bienes materiales y espirituales» y que «la subsidiariedad es la coordinación de las actividades de la sociedad que permite sostener la vida interna en las comunidades locales». El Santo Padre ha hecho hincapié en la dimensión espiritual de la solidaridad y de la subsidiariedad cristianas:
«La responsabilidad de los cristianos de trabajar por la paz y la justicia y su compromiso irrevocable en impulsar el bien común, son inseparables de su misión de proclamar el don de la vida eterna, a la cual Dios llama a cada hombre y mujer».
Cuando examinamos los principios de la solidaridad y de la subsidiariedad a la luz del Evangelio nos damos cuenta de que no son simplemente ‘horizontales’, sino que ambos tienen una especial dimensión ‘vertical’. Jesús nos enseña a amar al prójimo, nos da el mandamiento del amor y del servicio desinteresado y sin distinción. «Una sociedad que honra el principio de subsidiariedad libera a las personas del sentido de impotencia y de desesperanza, aunando fuerzas en favor del bien común y abarcando este impulso en lo que respecta a los sectores del comercio, la política y la cultura».
Como en su encíclica Deus Caritas est, en la que señala que «no hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor» (28), Benedicto XVI ha reiterado que Jesús nos enseñó a vivir como hermanos y en comunión con el Padre y con el Espíritu, exhortando a promover el bien común, contemplando y testimoniando la primacía del amor:
«Mientras os esforzáis por articular las formas en que los hombres y las mujeres pueden promover lo mejor posible el bien común, os animo a tener en cuenta ambas dimensiones – la vertical y la horizontal – de la solidaridad y de la subsidiariedad. Así podréis proponer maneras más eficaces de resolver los múltiples problemas que asedian a la humanidad en el comienzo del Tercer milenio, y, al mismo tiempo, testimoniar la primacía del amor, que trasciende y cumple la justicia, conduciendo a la humanidad a la verdadera vida que nos ofrece Dios».
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